DOMINGO 2 4 (C) (11-09-16)
(Ex 7,11-14)
"El Señor se arrepintió de la amenaza contra su pueblo."
(Tim
1,12-17) Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano.
(Lc 15) La oveja
perdida. La moneda perdida. El hijo pródigo.
Para Dios nadie está perdido. No tiene sentido seguir predicando un dios que quiere a los buenos (nosotros) y
odia a los malos (los demás).
Hoy leemos el c.
15 de Lc, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres
parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos y
letrados critican a Jesús por esto. Las parábolas son una respuesta de Jesús a
esas murmuraciones. Los fariseos tenían una idea equivocada de Dios. Pensaban
acercarse a Él a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se
nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos
quedamos con el culo al aire cuando el evangelio nos dice que es Él el que nos
está buscando siempre. No se trata aquí de la conversión del pecador, sino de
la bondad absoluta de Dios para con todos.
A pesar de la
radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a
todo), hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús para
escucharle. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo,
sino como acogida entrañable. Los fariseos y letrados (los buenos) se acercaban
también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un
representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús
está radicalmente en contra del sentir de los fariseos. Toda la religiosidad
que nace de esta concepción equivocada de Dios es también equivocada.
Las parábolas no
necesitan explicación alguna, pero
exigen implicación, es decir, que nos dejemos empapar por su
mensaje. El dios que nos hemos fabricando a nuestra imagen y semejanza tiene
que saltar por os aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea
más complicada de toda religión, porque ese ídolo es fruto de nuestros
intereses egoístas que pretenden manipular a la divinidad. El Dios
de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de
todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que “convertirnos” a Dios,
porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada
de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.
Las tres
parábolas que hemos leído, van en la misma dirección. No solo nos invitan a la
confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la
idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera
lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una
concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los
más difíciles de desarraigar del corazón humano. Después de veinte siglos,
seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de
Dios. Seguimos pensándolo como el que premia y castiga.
En los conceptos
religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios.
Pero, si estamos atentos, podemos descubrir en su mensaje, rasgos definitivos
del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir,
padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor,
misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros
vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada
del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas
insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.
Hoy podemos
apuntar a Dios con mucha más precisión que lo que fueron capaces de expresar
los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy
sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres.
Lo que Dios es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no
puede ser aislado de la
creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado;
pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. El concepto
de creación que hemos manejado hasta la fecha debemos superarlos. Dios no
“hizo” el mundo en un momento determinado. La creación es la manifestación de
Dios que no exige un principio temporal.
El Dios de Jesús
es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya
realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es
Amor (agape) estamos diciendo que ya se
ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar,
sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas
sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.
Si somos capaces
de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de
“buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros,
porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que
premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible que
el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos “buenos”
porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Somos “malos” porque
no hemos descubierto a Dios.
Alguno puede
pensar que aceptar la misericordia de Dios, invita a escapar de la
responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo
malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión, muy corriente entre
nosotros, indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario
a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e
infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepto y la haga mía.
Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda, es
entender la relación con Dios de una manera mecánica, jurídica y externa. Al
contrario, la actitud de Dios para conmigo, tiene que ser el motor de cambio en
mí.
La máxima
expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una
dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios
nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa
del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo
amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados,
por eso para nosotros está siempre unida al pecado. Para aclararnos un poco,
vamos a examinar dos conceptos: como podemos entender el perdón de Dios,
y como podemos entender el pecado.
Dios solo puede
amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque
las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas,
sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa
que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si
nosotros amamos unas criaturas y no otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra
ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios
cuando hablamos del su perdón como un acto.
Tenemos que
cambiar el concepto de pecado como ofensa a Dios. Es ridículo pensar que podamos
ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los “malos”, se
debe a nuestro concepto de pecado. Lo identificamos con la persona misma y no
somos capaces de descubrir que la persona es una cosa y su postura y sus
acciones otra muy distinta. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para
que la voluntad se incline hacia un objeto, tiene que presentarlo el
entendimiento como bueno. Claro que el entendimiento puede ver una cosa como
buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Por eso,
para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al
entendimiento.
Si las
reflexiones que acabamos de hacer, son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal
utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más
interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una
necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos de la confesión
como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino
para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de
Dios que llega a nosotros sin merecerlo.
Meditación-contemplación
Que Dios
amara a los pecadores, era impensable para los fariseos.
Esta
actitud imposibilita toda relación con el Dios de Jesús.
Si no vivo
el amor de Dios como pura gratuidad,
Me será
imposible responder a ese amor y vivirlo.
.....................
El amor de
Dios es anterior a mi propio ser.
No puedo
hacer nada para merecerlo.
Todo lo
que soy depende de ese don gratuito de Dios.
Deja que
ese Ágape se manifieste a través de tú ser.
.......................
Tengo que
dejarme encontrar por ese Dios.
Tengo que
sentir su energía y dejar que me inunde.
Dios en
mí, es fuerza trasformadora.
Todo mi
ser debe convertirse en esa energía que es Dios.
Comentario enviado por Marcos Rodríguez por Internet
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